jueves, 10 de julio de 2014

Se acabó para siempre.

Alone again, naturally.

lunes, 12 de agosto de 2013

"De noche y de la boca de la mar
oí que el pulpo halló inútil la cruz
que el corazón del chisme era de pus,
que nada es para mal
que el beso no era calidad del rouge"

sábado, 13 de julio de 2013

Esa tarde, cavilando bajo la eterna capa nortina, entró por azar en una tienda y jamás se le vio salir. El desierto lo llamó para siempre.

jueves, 30 de mayo de 2013

Entre esta canción y la Avda. Brasil hay una conexión brutal, sobre todo cuando el viaje es en micro. Que no es tan sólo lo verde que es, sino que siempre es un poco más café; un nido de gente solitaria, gente verdaderamente sola en su historia fugaz.

miércoles, 17 de abril de 2013

¿Por qué rojo? Porque
rojo es el color del almhumana.

domingo, 14 de abril de 2013

Los dominios perdidos, de Jorge Teillier

Estrellas rojas y blancas nacían de tus manos.
Eran en 189... en la Chapelle d'Anguillon,
eran las estrellas eternas
del cielo de la adolescencia.
En la noche apagaste las lámparas
para que halláramos los caminos perdidos
que nos llevan hacia un laúd roto y trajes de otra época,
hacia una caballeriza ruinosa y un granero de fiesta
en donde se reúnen muchachas y ancianas que lo perdonan todo.


Pues lo que importa no es la luz que encendemos día a día,
sino la que alguna vez apagamos
para guardar la memoria secreta de la luz.
Lo que importa no es la casa de todos los días
sino aquella oculta en un recodo de los sueños.
Lo que importa no es el carruaje
sino sus huellas descubiertas por azar en el barro.
Lo que importa no es la lluvia
sino su recuerdos tras los ventanales del pleno verano.


Te encontramos en la última calle de una aldea sureña.
Eras un vagabundo de barba crecida con una niña en brazos,
era tu sombra -la sombra del desaparecido en 1914-
que se detenía a mirar a los niños jugar a los bandidos,
o perseguir gansos bajo una desganada llovizna,
o ayudar a sus madres a desvainar arvejas
mientras las nubes pasaban como una desconocida,
la única que de verdad nos hubiese amado.


Anochece.
Y al tañido de una campana llamando a la fiesta
se rompe la dura corteza de las apariencias.
Aparecen la casa vigilada por glicinas, una muchacha
leyendo en la glorieta bajo el piar de gorriones,
el ruido de las ruedas de un barco lejano.


La realidad secreta brillaba como un fruto maduro.
Empezaron a encender las luces del pueblo.
Los niños entraron a sus casas. Oímos el silbido del titiritero que te llamaba.
Tú desapareciste diciéndonos: "No hay casa, ni padres, ni amor:
                                  sólo hay compañeros de juego".
Y apagaste todas las luces
para que encendiéramos
para siempre las estrellas de la adolescencia
que nacieron de tus manos en un atardecer de mil ochocientos
noventa y tantos.